Lionel Messi lleva tiempo sin estar en su nivel, la lesión, el aburguesamiento, un equipo que no lo potencia.
Lionel Messi, la esperanza argentina de emular, aunque más no sea en el disparate comparativo, a
Diego Armando Maradona, no es el mismo. Después de un inicio liguero fulgurante, una inoportuna aunque leve lesión, le quitó el ritmo de progresión galáctica al que apuntaba.
Aún tomando el infortunio muscular como un factor más, aunque no decisivo, de su bajo estado de forma futbolística, creo que, además, podemos reconocer otras sospechas, imaginadas desde fuera, como para encarar esta discusión.
El único jugador en la historia del fútbol que
él solo potenciaba el grupo, era el mencionado
Maradona, todos los demás, y en todas las circunstancias posibles, son proyectados por un grupo fuerte, cohesionado y bien entrenado táctica y técnicamente.
El
Nápoles de Diego, el primero digo, era un
bosque de pinos vestidos de celeste, al que el 10 inventó como una escuadra ganadora. El
Barça, no ya el del doblete nacional y europeo, sino éste que gana como lo hace en
Zaragoza, es aun mediocre, una plantilla de ensueño con respecto al primer ejemplo.
En ese contexto, en el que Messi asomaba como el crack que es en medio de un conjunto agraciado por su frescura y estilo ofensivo, creció hasta la desmedida comparación que implantaron aquellos a los que el disco duro y la vista les jugó un resbalón intelectual.
Si analizamos el
Barcelona de hoy, el que a duras penas –de sus rivales, sobretodo- saca los puntos con fórceps, podemos conjeturar que no sólo falla el individuo sino también el sistema, la forma de entrenar y las hecatombes de un grupo que, cuando todos pensábamos que iniciaba un ciclo, lo estaba terminando, como recordaba
Jorge Valdano.
Si un entrenador, muy bueno en este caso, por muchos aspectos que es innecesario recalcar ahora, como
Frank Rijkaard, no cambia en la victoria, cuando lo haga en la derrota, en un club como el catalán, en donde ganar es un dogma, será tarde.
Y no hablo de cambiar jugadores, que también, o sistemas, que dado el caso es imprescindible en un mismo partido, porque los rivales, juegan, sino la dinámica de entrenamientos y dinámicas grupales.
Psicológicamente es sabido que un equipo de profesionales, cuando se cumple el objetivo, comienza a disociarse. Por ello es que en momentos donde los laureles ahogan, hay que empezar de nuevo, haciendo hincapié en lideratos positivos y en calidades futbolísticas.
La rutina, el aburguesamiento, el mismo modo de preparar los partidos y la falta de resultados, son los condimentos predilectos del fracaso. ¿Podemos hablar de fracaso en un equipo que va segundo en
Liga y mantiene sus opciones en
Champions y
Copa?
Desde el punto de vista estadístico no, pero en el fútbol mandan más las sensaciones y el estado de ánimo, que la absurda labor de un telonero contando los pases bien dados o al rival. Las estadísticas no diferencian el riesgo y el azar, de la horizontalidad vulgar, así pues, yo pienso que el
Barça sí fracasa.
Porque el acierto viene precedido de un juego fluido, vertiginoso y eficaz, como alas necesarias para que la aventura concrete su ambición. He ahí donde el Barça perdió primero a
Ronaldinho -está volviendo- y ahora a Messi, sin visos de presencia.
El argentino está apático, confuso, beligerante consigo mismo y aburrido. No parece recomendable para un chico de 20 años este cóctel de desengaño. El equipo es horizontal, él se retraza, un día por el medio, otro por banda y el conjunto se hunde en la mediocridad de los intentos de
Giovanni dos Santos que, por su parecido en la cabellera, quisieron sacarse otro Ronaldinho de la galera de las fantasías.
La Pulga debe volver a ser el que será, un grande del fútbol mundial, un jugador decisivo en los últimos metros y dejar las tristezas para otros. Si él no está, aunque ateos, nos falta el alma y sin alma, somos nada.