En lo que va de la Copa, el jogo bonito y el samba lo puso Argentina y no Brasil. El domingo nos vemos en la final...
No es un teatro, pero hay sueños. El pasto quema y, así y todo, la pelota sigue mansita, por abajo, hasta que Messi le pone el botín zurdo bien profundo y logra lo imposible: que un estadio nuevo, flamante, se venga abajo. Hasta los mexicanos, dignos, aplauden la obra. Es el gol de la final. Es el grito sagrado que lleva a la Selección hacia donde necesitaba ir: la reconciliación. Brasil, con samba y todo, como nunca asoma con timidez. El brillo de esta Copa luce más sobre un pecho celeste y blanco...
Los creadores de esa publicidad que lo invadió todo el año pasado, durante el Mundial, se deben querer matar. Tanto fútbol, tanta gloria es la que ahora está al alcance del talento de esta Selección que quiere (y puede) hacer historia. En el partido más difícil, digno de un Mundial, en una olla, a mil, con un calor tremendo, con los venezolanos enamorados, con los mexicanos destruidos, el equipo del Coco conmovió. En una noche, en la húmeda Puerto Ordaz, dio un gran paso hacia a la refundación, para que después de mucho, la gente y la Selección vuelvan a ser lo mismo...
Brasil es el último eslabón. Robinho, su camiseta, la rivalidad de siempre, el partido soñado, la revancha... Ni Don King lo hubiera armado mejor. Hoy las estrellas están de este lado. Riquelme es el argentino más brasileño pero cada vez es más argentino. Mascherano es el Maradona de los volantes centrales. Verón, otro de los símbolos del Coco, viene de menor a mayor. Tevez asusta porque alguna vez fue Deus en Corinthians. Y Messi, para los que le piden que se parezca a Diego hasta para masticar, se empecina en hacer lo mismo en la cancha que en la Play Station. La música, hoy, suena más linda, más serena, más acústica entre tantos violines. Nunca una final se ganó antes de jugarla. Pero sería una pena (y una desconsideración) desoír a las voces del fútbol... Un mal resultado en la gran cita de Maracaibo, no debería dejar a un costado todo lo bueno que se consiguió a esta altura.
En esta Copa América, más allá de cómo sea la última foto, Basile empezó a jugar el Mundial. Tiene todo, jugadores y visión, como para recuperar esa mística perdida. Las bombas explotan como nunca en la noche oscura de Puerto Ordaz. El cielo se ilumina, despiden a una Selección que les regaló lo mejor. El domingo, más que nunca, esta historia continúa.